Messi, ¿no te da vergüenza?

La vergüenza es una emoción compleja, que requiere que tengamos consciencia de nuestra individualidad, y un registro de cómo nos comportamos habitualmente. Sentimos vergüenza cuando fallamos en estar a la altura de nuestra reputación, y sentimos que ese fallo puede poner en juego nuestra pertenencia a un grupo humano.

Darse cuenta es irreversible

Este es un dogma personal que adopté hace un buen tiempo.

Según el principio de refutabilidad, pilar del método científico, toda proposición científica debe poder ser refutada, y por ende, una hipótesis nunca puede alcanzar el status de ‘verdadera’, sino sólo el de “aún no refutada”, mientras siga poniéndose a prueba y replique los mismos resultados. Esto abre la posibilidad de que, en un futuro, se demuestre que no es correcta, y se avance hacia un nuevo estado del conocimiento.

Mientras tanto, es lo más cercano que tenemos a la verdad: no es la verdad; es lo más cercano, por ahora.

Para mí, la fórmula ‘darse cuenta es irreversible’ funciona de esa misma manera. No es algo inamovible, incuestionable, ni irrefutable. Pero una vez tras otra, lo sigo poniendo a prueba, y sigue funcionando como el primer día. Dejame que te cuente por qué.

La pareidolia es un fenómeno psicológico que hace que veamos rostros humanos en lugares en los que no los hay. En esta foto de un elefante, se puede ver el rostro de una mujer en la oreja del animal. Lo que nos interesa es que, una vez que nos dimos cuenta de que puede verse así, no podemos dejar de verlo. Darse cuenta es irreversible.

elefanteidolia

 

SOBRE LA COMUNICACIÓN NO VERBAL

Desde mediados de 2012, cuando empecé a interesarme por la Comunicación No Verbal (CNV) y a leer la literatura científica sobre el tema (principalmente, el trabajo de Paul Ekman), este dogma tomó dimensiones mucho más reales. Es como aprender a leer todo de nuevo: de repente, las mismas cosas que antes veía como formas y colores, como marcas y guiños, signos y señales, tienen nuevos y profundos significados. Y una vez que aprendés a leer, no podés volver a la etapa previa, en la que veías sólo formas y colores: las palabras están inconfundiblemente ahí, y las leés sin pensar, y no podés no leerlas. No elegimos leer.

Si tenés tiempo -y ganas-, te recomiendo que aprendas a leer los códigos del cuerpo, y que aprendas cómo juegan las emociones en nuestros contextos cotidianos. Te vas a dar cuenta, como por arte de magia, de toda la riqueza significativa que te estabas perdiendo en la interacción con otras personas, y con vos mismo.

Y darse cuenta es irreversible.

¿Cómo se ven las emociones básicas?

La semana pasada el Congreso estuvo muy picante, y más allá de que el debate fue duro a nivel discrusivo, también dejó un saldo interesante a nivel no verbal

En este video, podés ver algunos gestos de Nicolás Massot, Elisa Carrió, Victoria Donda y un par más, que muestran algunas emociones básicas muy claras.

Por qué están buenos los estudios no tradicionales

Los estudios no tradicionales están buenos porque son difíciles. Investigar, estudiar y aprender sobre materias que están por fuera del ámbito institucionalizado es más duro, más difícil, y más solitario que los estudios tradicionales, esos que se cursan en una universidad o alguna institución similar. También es más incierto: nunca sabés del todo bien si vas por buen camino o no, si estás perdiendo el tiempo o no. Me ha pasado de agarrar un libro escrito en los ’70 y resulta ser un texto fundacional de la materia, pero también me tocó leer bodoques enteros para después enterarme de que todo lo dicho ahí fue refutado 5, 10 o 15 años más tarde.
Nunca sabés.

Estar por fuera de las instituciones implica no tener un programa, no tener guías de estudio, no tener tutores o maestros, muchísimas veces ni siquiera tener un compañero. Sos vos contra esa masa bibliográfica. ¿Y sabés qué? Está bueno.

Hay un viejo dicho que dice que ‘uno puede meterse en el bosque hasta cierto punto, de ahí en adelante, ya estás saliendo‘. Yo siento que esta frase es la que mejor describe la sensación que te da meterte a estudiar algo por afuera de los circuitos establecidos. Porque lo que nadie tiene en cuenta al empezar a meterse, es el propio orgullo. Llega un punto en el que te sentís perdido. Estás en algún lugar del bosque, pero ni idea dónde. Y no sabés si vas por buen camino, y te dan ganas de tirar todo al carajo. El estribillo que te suena en la cabeza es ‘¿para qué?’o su variable infinitamente más criolla ‘quién me mandó a meterme en esta?’. Y ahí querés abandonar, volver a ver series o a dormir siestas.

Pero la realidad es que sólo una parte de vos quiere abandonar. La otra parte es orgullosa, es la parte de vos que piensa que, si largás ahí, perdiste todo el tiempo y la energía que invertiste. Entonces seguís. Y lo único que te mantiene en ese camino -que no sabés si es el correcto- es la necesidad de no contradecirte: querés responderle a ese ‘¿para qué?’ de una forma rotunda y contundente, ‘hice esto para lograr esto otro. Y es ahí cuando aquel viejo dicho se convierte en la voz de la esperanza, porque escondida en esa frase cortita hay una verdad que podemos suponer: en algún momento se deja de estar entrando, y se empieza a estar saliendo, pero nadie nunca dijo que uno se dé cuenta del momento en que se produce ese cambio.

good ol days

Entonces entendés que vos también, en algún momento, vas a dejar de estar entrando, y vas a empezar a estar saliendo. Y como no hay forma de saber cuándo tiene lugar ese cambio, te dan ganas de creer que tal vez te esté pasando justo ahora, cuando creés que estás completamente perdido. Y te engañás -o no- a vos mismo, para seguir. ¿Y sabés qué? Está bueno.

Está bueno porque, al igual que escalar una montaña, todo el trabajo y la energía puesta en alcanzar esa meta, y toda la constancia que se necesita para no rendirse a mitad de camino, son recompensados con una perspectiva más amplia: una vez que llegaste ahí arriba, la montaña te premia con la capacidad de ver más allá de lo que ven todos los que no treparon.

mountain top view

Los estudios no tradicionales están buenos, repito, porque son difíciles. Tal vez te suene contradictorio, pero realmente, juega a tu favor que sea tan difícil. Si fuera más fácil, lo haría todo el mundo, y entonces ¿qué tendría de especial? Todos saben la tabla del 3, entonces no sirve de mucho poder decir que dominaste la tabla del 3. En cambio, hay otros saberes, más rebuscados, conocimientos que no están al alcance de la mano, y que requieren de un montón de esfuerzo a ciegas, sin saber cuándo habrá recompensa, o si la habrá.

Pero una vez que te decidiste, una vez que te metiste lo suficiente en el bosque, una vez que ya escalaste una buena porción de la montaña, entendés un par de cosas: primero, que llegado ese punto, es más caro retroceder que seguir avanzando; y segundo, que si lográs salir de ese bosque o llegar a la cima de la montaña, el cambio es cualitativo, y lo que ganaste está muy lejos de ser la tabla del 3.

Sobre la Comunicación No Verbal

Es común que se hable de Comunicación No Verbal como un sinónimo de lenguaje corporal, sin embargo usar ambas expresiones como equivalentes es errónea, porque la comunicación es un proceso complejo, compuesto de muchas variables interdependientes, que no pueden reducirse únicamente al uso lingüístico del cuerpo. Un simple cambio de contexto afecta los significados, y el contexto no es algo definido por el cuerpo de los sujetos que interactúan.

Dicho esto, dejame decirte que la importancia de la comunicación no verbal es irreductible: una considerable porción de los significados que intercambiamos al comunicarnos son de naturaleza no verbal (tono, postura, contexto social, vestimenta, elementos culturales y muchos etcéteras), por lo cual resulta fundamental entender al menos el funcionamiento básico de nuestra comunicación no verbal, como una forma de comprender mejor cómo se articulan el contenido, el contexto y el contacto en cada interacción.

Parafraseando a Paul Ekman, me gusta encarar este tema con una frase muy sencilla, pero que grafica muy bien la dimensión no verbal de nuestra comunicación:

Nuestros pensamientos son privados, nuestras emociones no.

Ekman sostiene que no es posible saber qué piensa otra persona, pero sí podemos tener una visión comprensiva de lo que siente y, si podemos entender qué le pasa al otro en un nivel emocional, podemos conectar, podemos ponernos momentáneamente en su lugar, podemos acceder al insight, podemos sintonizar con su visión interna, con sus deseos y necesidades. Desde ahí, podemos comprender sus actos, entender por qué hace lo que hace, y construir un vínculo basado en la confianza, comunicándonos en un lenguaje común.

Varios años de estudiar la obra del Dr. Ekman me han dejado muchas enseñanzas, pero la más importante de todas tiene que ver con entender qué es una emoción. Si hacemos un poquito de etimología, encontramos que la raíz etimológica de este término proviene del latín emotĭo, que significa ‘movimiento o impulso’, ‘aquello que te mueve hacia‘. A su vez, la palabra motivación deriva del latín motivus o motus, que significa ‘causa del movimiento’. Esta similitud no es casual.

Las personas actúan en base a la manera en la que ven el mundo. Sus decisiones no son racionales, son emocionales. Entonces, entender cómo se siente el otro frente a determinadas situaciones -o en determinados contextos-, nos da la posibilidad de inferir qué piensa ese otro con mayor precisión. ¿Por qué? Porque entender cómo el otro ve el mundo es una forma de acceder a su historia, al relato que se cuenta a sí mismo sobre cómo las cosas son, y cómo actuar en consecuencia. Entendiendo la configuración emocional del otro tenemos una visión más completa de su perspectiva: al elemento verbal, es decir, a lo que el otro puede decir, sumamos el elemento no verbal: lo que siente en relación a eso que nos puede decir. La parte que no puede decir sobre lo que sí puede decir.

Es un trabajo difícil, uno que nunca termina y nunca está completo, pero uno que definitivamente vale la pena.